150 Campesinos arrancados de sus campos: la selva del congo vuelve a ser un pozo sin fondo
Lomalisa, Babungwe y Masoli amanecieron con bocas abiertas. Las aldeas del este del Congo perdieron el sábado por la noche a sus hijos, sus padres y hasta a los que aún no habían aprendido a caminar. Las ADF —ese grupo sin rostro que ya nadie sabe si obedece a Uganda, al Estado Islámico o simplemente al caos— se llevaron a 150 personas. La cifra es provisional, como todo en Ituri, donde los muertos se cuentan después y los desaparecidos ni siquiera se catalogan.
El número que nadie quiere confirmar
Dieudonné Lossa, coordinador de la sociedad civil de la provincia, lo dice por teléfono, con la voz quebrada por la distancia y la costumbre: «más de un centenar». Luego añade: «se estima que el número de víctimas asciende a 150». Pero algunos activistas locales ya hablan de 388. El gobierno de Mambasa no responde a las llamadas. La Monusco, la misión de paz de la ONU, sigue ahí, pero sus helicópteros no sobrevuelan estos caminos de barro. La selva se traga la cifra exacta y nadie quiere asumir que el pozo es más profundo.
Las ADF nacieron en Uganda hace décadas, pero encontraron su paraíso en el Kivu del Norte y en Ituri. Allí no hay fronteras, solo rutas de sangre. Washington les puso la etiqueta de «terroristas» en 2021, cuando ya llevaban años sembrando minas y secuestrando niños. La ONU, tras analizar cables y cuentas bancarias, no halló pruebas de un apoyo directo del Estado Islámico. Pero da igual: el nombre sirve para justificar drones y operaciones conjuntas que no han acabado con los ataques.
En noviembre de 2021, Uganda y la RDC lanzaron una ofensiva conjunta. Los generales prometieron 90 días de «paz definitiva». Han pasado 28 meses. Los ataques se multiplican. Los campesinos siguen sin armas, sin ejército y sin futuro. El este del Congo es un territorio donde la paz se mide en semanas, no en años.

Lo que no figura en los partes militares
En Lomalisa, la última cosecha de yuca se pudrió en el campo. Nadie se atrevió a recogerla. En Babungwe, las mujeres ya no van al río por la mañana; prefieren sed de día a morir de noche. En Masoli, los niños dibujan hombres con fusiles en lugar de sol. El conflicto que empezó en 1998 —cuando el mundo entero miraba a Kosovo— sigue aquí, alimentado por 120 milicias distintas y por un ejército que muchas veces es solo otro grupo armado con uniforme.
Lossa pide al gobierno que «priorice la seguridad». Es la frase que repiten todos los coordinadores desde hace dos décadas. La respuesta llega en forma de operaciones aéreas y carteles con la cara del presidente Tshisekedi. En la selva, los carteles no asustan a nadie.
La noche del sábado, mientras Europa cambiaba la hora, los habitantes de Mambasa perdían a sus familias. El domingo, mientras las capitales contaban votos y récords bursátiles, los rastreadores encontraban huellas de botas y manchas de sangre que aún no se habían secado. El lunes, la noticia ocupó cuatro líneas en algunos telediarios. El martes, será olvidada. Pero la selva seguirá abierta, y el pozo, sin fondo.
