La muralla china que blinda el petróleo de irán: viaje al interior de las 'teapot' de shandong

A plena luz del mediodía, el restaurante de fideos de Weifang está vacío. Fuera, los camiones cruzan la autopista sin prisa. Dentro, unos obrigos mascotean tallarines mientras ven Douyin. Parece un pueblo dormido, pero a medianoche estalla la fiesta: miles de operarios de las refinerías salen de turno y el local se llena. Es la cara oculta del pulso que Pekín mantiene con el petróleo iraní mientras el Estrecho de Ormuz permanece cerrado.

Shandong, en el noreste chino, alberga un ejército de refinerías conocidas como teapots por su tamaño modesto. Juntas suman un cuarto de la capacidad total del gigante asiático. Su negocio se sostiene con crudo rechazado por las grandes estatales: iraní, venezolano, ruso. El chantaje de Washington — sanciones o exclusión del sistema Swift — no les importa; venden dentro del país.

El descuento iraní se derrite: 11 dólares a sólo 2

Antes de que Israel y Estados Unidos bombardearan Irán el 28 de febrero, el barril de crudo iraní costaba 11 dólares menos que el Brent. Hoy apenas quedan dos. El margen de las teapots se desploma. En la estación de servicio de Uncle Wang, un septuagenario que atiende en Weifang, los beneficios son «casi cero». «No es que no haya petróleo; es que los demás tienen miedo de Trump. China, no», dice mientras acaricia una rana de jade que muerde una moneda de oro.

La sangría llega a la plantilla. En Luqing Petrochemical, sancionada por Washington, los camiones cargan menos plástico. Un operario de 22 años teme que su sueldo baje de 5.000 a 4.000 yuanes. «Nos están empujando a irnos», confiesa. Con 2.700 empleados, la refinería es un pequeño municipio en sí misma; si cierra, la comarca entera respira sus humos.

El gobierno frena la subida del surtidor, pero no el cierre de fábricas

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El lunes, Pekín intervino el mercado minorista y recortó un 50 % la subida prevista de gasolina y diésel. Los conductores hicieron cola, pero la medida no alcanza a las teapots. Si el crudo sigue caro, muchas quebrarán. «La guerra es temporal», sentencia Uncle Wang. Su verdadero miedo es otro: los coches eléctricos. Cada nuevo cable de carga es un clavo en el ataúd de su negocio.

Desde la provincia de Shandong, China sigue importando 1,6 millones de barriles diarios de Irán, el 80 % del crudo que Teherán exporta. El mundo se arrodilla ante la falta de combustible; Pekín paga, traslada y refine. La batalla por la energía no se libra en el Golfo, sino en los pueblos donde la medianoche huele a gasolina y los sueños dependen de un descuento que se esfuma.