Atlántico: una noche de balas, dos muertos y la sospecha de que la guerra narco ya no discrimina
Sabanalarga amaneció con el asfalto manchado de sangre y la certeza de que la lógica criminal se ha vuelto tan arbitraria como un número de ruleta. Alias Corni recibió siete disparos dentro de su casa, frente a la parroquia La Divina Misericordia. Murió en la ambulancia. A su lado, un vecino que solo había salido a comprar pan cayó fulminado para que el sicario no dejara testigos. El tercero, herido de gravedad, sigue en terapia intensiva sin saber por qué lo confundieron con un loose end.
La matriz del crimen: drogas, récords y una banda que ya no perdona ni el silencio
La Policía filtró el prontuario de Corni como quien lee la carta de un restaurante: cuatro anotaciones por porte de coca, hurto calificado y concierto para delinquir. La banda es la misma que opera desde Barranquilla hasta Sabanalarga bajo el mando de Junior Guerra, alias del jefe de zona de Los Costeños. Guerra no envió a un sicario cualquiera: lo hizo con la consigna de dejar cero rastros. A los 23 minutos del ataque, ya había otro hombre muerto en Soledad: Gary Padilla, 45 años, seis tiros, misma firma. La hipótesis oficial habla de ajuste interno, pero en el barrio Ferrocarril nadie compra la versión de una simple bicicleta robada.
Los investigadores del CTI ahora cruzan cámaras de peaje, chips de celulares y la geolocalización de dos Moto AKT que aparecen en ambos escenarios. El resultado preliminar: el mismo par de sicarios recorrió 38 km en 42 minutos para cumplir dos ordenes distintas. La velocidad no es eficiencia; es señal de que la estructura está desesperada por limpiar cuentas antes de que la nueva política de extradición exprés cierre el cerco.

Lo que el mapa no dice: atlántico se convierte en zona de tiro libre
En lo que va de 2026, el departamento suma 141 homicidios, 18 % más que en el mismo lapso de 2025. La tasa ya roza los 32 muertos por cada 100.000 habitantes, duplicando la media nacional. El fenómeno no es solo cuantitativo: la mitad de las víctimas no tenía vínculos con el narcotráfico. Son daño colateral de una guerra que privatizó la regla de no witnesses. El gobernador se reunió ayer con el general William Salamanca para solicitar un plan choque, pero en la sala de crisis solo hubo powerpoints y cafés descafeinados.
Mientras tanto, la gente de Sabanalarga cierra las persianas a las 7 p.m. y en Soledad los negocios pagan vacunas de 300.000 pesos mensuales para que no les pase lo de Padilla. La línea 123 recibe denuncias, pero el 68 % de los llamantes piden anonimato por miedo a represalias. El mensaje es brutal: callar ya no es opción; es supervivencia.
La noche del 28 de marzo dejó dos ataques, dos muertos y un herido, pero también una certeza: en Atlántico, la línea entre testigo y blanco se borró. Y cuando el sicario apunta, ya no importa si llevas un arma o un paquete de harina pan.