Australia abatió al 'soberano' que mató a dos policías tras 7 meses en la clandestinidad

Un solo disparo cerró el capítulo más vergonzoso de la policía australiana. Desmond Freeman, el teórico conspirativo que en agosto pasado ejecutó a dos agentes en Victoria, cayó muerto el lunes en un descampado de Thologolong donde sobrevivía dentro de una caravana sin luz ni agua corriente.

El comisario Mike Bush no anduvo con eufemismos: «Fue legítimo. Tuvimos un enfrentamiento, le pedimos que se rindiera y optó por la guerra». Así terminó la búsqueda más cara del país: 450 efectivos, helicópteros, perros adiestrados y hasta unidades especiales neozelandesas rastrearon 7 meses un territorio minado de túneles de oro abandonados y matorrales impenetrables.

El oasis invisible donde se escondía el odio

La propiedad no figura en Google Maps. Para llegar hay que abandonar la carretera general, sortear dos portones oxidados y conducir 20 minutos por un sendero de ripio que termina en un basural de chatarra. Allí, Freeman vivía como un ermitaño paranoico rodeado de antenas improvisadas y libros sobre «soberanía individual», relata Jasmine Teese, una vecina que apenas sabía de su existencia. «Pensé que era un guardián de fincas, no a un asesino».

El dueño viajó a Asia hace semanas; regresará para declarar. Mientras tanto, la coroner de Victoria intenta confirmar la identidad del cadáver, aunque las huellas dactilares bastaron para el diagnóstico interno: el premio de un millón de dólares australiano (685.000 USD) se quedará en los bolsillos del Estado.

Freeman, 56 años, alias «Dezi», militaba en la secta de los «sovereign citizens», convencido de que los estatutos no aplicaban a su persona. En 2024, al perder la licencia de conducir, llamó «nazis» a los jueces y comparó la vista de un policía con «un superviviente de Auschwitz frente a un soldado de la SS». Aquel odio cristalizó el 12 de agosto cuando el escuadrón de abusos sexuales y menores tocó su puerta en Porepunkah. Thompson y De Waart cayeron antes de sacar las armas; un tercer compañero arrastró sus heridas hasta el patrullero y dio la voz de alarma.

La lección que deja un país armado hasta los dientes

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australia prohibió los rifles de asalto tras la masacre de Port Arthur en 1996, pero el tráfico de armas cortas y la mitología del survivalista siguen creciendo en las zonas rurales. Desde 2022, tres policías han muerto en emboscadas ideadas por extremistas que comparten manuales online. El caso Wieambilla —dos agentes abatidos por tres fanáticos religiosos— ya había encendido las alarmas; Freeman las avivó con teoría del «deep state» y retórica de YouTube.

El sindicato de policías no llora al muerto: «Hoy no recordamos a un cobarde. Recordamos la entereza de nuestros compañeros y a los 450 que no bajaron la guardia ni un día». En Melbourne, los escaparates ya no exhiben su rostro. En las redes, los grupos antivacunas que lo reverenciaron borran posts. Y en el páramo de Thologolong solo quedan huecos de bala en la chapa y un silencio que, por primera vez en meses, suena a victoria para quienes visten azul.