Camuzzi energía pone a un veterano del gas en la mira del futuro energético

Después de 25 años entre tubos de acero, contratos multimillonarios y plantas que no se apagan nunca, Sebastián Sánchez Ramos da el salto: deja los pasillos de Albanesi y aterriza como nuevo gerente general de Camuzzi Energía S.A. (CESA). La jugada es silenciosa pero carga de tensión: el grupo necesita oxígeno fresco para competir en la Argentina que empieza a despertar del letargo del gas.

El nombramiento llega en el peor momento y en el mejor. Peor, porque el país arrastra un déficit de gas que se come el 20 % del consumo industrial. Mejor, porque el gobierno acaba de abrir la canilla de importaciones y los privados corren a posicionarse antes de que el mercado se desboque. Ahí entra CESA: no es solo la pata comercial del holding Camuzzi, sino la fábrica de soluciones que le permite a una usina termoeléctrica o a una fábrica de ladrillos seguir produciendo aunque no tengan cañería al pie.

El currículum que pesó más que el título

Sánchez Ramos no llegó con un MBA en la mano, sino con la piel curtida por 17 años en Albanesi, la empresa que levantó la mitad de las centrales térmicas privadas que hoy siguen encendidas. Allí fue el ejecutivo que cerró los contratos de suministro para que el gas llegara desde la cuenca neuquina hasta las turbinas de Buenos Aires y Córdoba. Antes, en Metrogas, aprendió la parte oscura del negocio: la mesa de comercialización donde se negocian volúmenes, precios y penalidades cuando el fluido no alcanza.

La moraleja de su carrera se lee al revés: empezó en la distribución residencial, escaló al transporte masivo y terminó vendiendo gas a quienes generan la electricidad que prenden nuestras cocinas. Ahora, en CESA, debe invertir la ecuación: llevar el gas licuado y comprimido a quienes no tienen red y no podrán tenerla antes de 2030.

El negocio escondido detrás de los cilindros móviles

El negocio escondido detrás de los cilindros móviles

Mientras los diálogos políticos se enroscan en torno al gasoducto Néstor Kirchner, Camuzzi Energía ya factura con lo que nadie filma: camiones cisterna que llevan GNC a un frigorífico de Rosario, estaciones de compresión portátiles que alimentan una planta de alimentos en Tucumán, cañerías improvisadas para un parque industrial en Mendoza. El 30 % de sus ingresos viene de ahí, de clientes que no aparecen en las estadísticas oficiales porque no están conectados a la red nacional.

La jugada de Sánchez Ramos es duplicar ese porcentaje antes de que el próximo invierno pique. Para eso la empresa desembolsó 8 millones de dólares en nuevos módulos de compresión fabricados en Houston y ya negocia con productores de Vaca Muerta contratos a cinco años con precios atados al Brent. El mensaje que repite a los equipos es seco: “El que no se mueve, se queda sin presión”.

La frontera invisible del negocio la traza la licitación que YPF lanzará en septiembre para abastecer con GNC sus yacimientos no convencionales. CESA compite contra dos gigantes del transporte terrestre y una estatal brasileña. Ganar significaría asegurarse 150 millones de metros cúbicos anuales, el equivalente a lo que consume toda la ciudad de Mar del Plata. La clave, dicen en la intimidad de la empresa, está en los tiempos de respuesta: Sánchez Ramos promete entrega en 48 horas desde Neuquén hasta el sur de Buenos Aires, algo que nadie más puede garantizar sin pasar por la red de TGS o TGN.

El nombramiento, entonces, no es solo un cambio de sillón. Es la respuesta de un grupo que factura 400 millones de dólares al año y que no quiere quedarse mirando cómo otros se comen la torta del shale argentino. Con un ingeniero que conoce el precio de cada válvula y el nombre de cada productor, Camuzzi apuesta a que el gas del futuro no llegará por cañería, sino sobre ruedas. La apuesta arranca mañana: el primer cargamento de GNC ya tiene destino, una cementera de Olavarría que pagará 11 dólares por millón de BTU, el doble del precio oficial. La cuenta es simple: cuanto más lejos de la red, más gana CESA. Y Sánchez Ramos acaba de heredar la llave del depósito.