Canal de la mancha: dos muertos en la ruta de los que huyen

La madrugada del lunes el Canal se tragó otra vida. Dos. La embarcación zarpó en la oscuridad desde Gravelines, ese trozo de arena francesa convertido en terminal clandestina, y a los pocos minutos el motor empezó a toser. Dentro, una treintena de personas que habían pagado hasta 2.500 euros por un asiento en la balsa de la muerte.

El centro de rescate CROSS Gris-Nez recibió la alerta pasadas las 2:30. El patrón del Ridens, un buque de salvamento francés, vio las luces de la lancha tambalearse. «El mar estaba en calma, pero el sobrepeso era evidente», contó después. Cuando llegaron, ocho personas flotaban ya en el agua a 3 °C. Un helicóptero de la Marine nationale descendió con los médicos a bordo. Los reanimaron sobre la cubierta. Dos no respondieron. Una tercera está en coma inducido en el hospital de Calais.

Una ruta que no cierra

Una ruta que no cierra

La Prefectura Maritime cierra el parte, pero no la ruta. Desde enero, 6.600 migrantes han logrado cruzar; 47 han muerto intentándolo. Lo que nadie cuenta es que las redes han cambiado de táctica: ahora reúnen a los pasajeros en los alrededores de Dunkerque, les hace caminar 12 km por la arena y embarcan justo antes del amaneco para esquivar los drones de Frontex.

La playa de Gravelines es hoy un aparcamiento de neumáticos abandonados y restos de motor. La policía municipal pasa cada hora, pero los coyotes calculan el intervalo: 63 minutos de ventana, según los informes internos a los que ha tenido acceso NuoveFrontiere. El precio del pasaje se ha inflado un 40 % desde octubre. «El riesgo sube, la demanda también», resume un investigador de la Gendarmería que pide el anonimato.

El Reino Unido responde con el proyecto Rwanda, que los jueces bloquean. Francia responde con más drones. Entretanto, la marea sigue. Anoche mismo, otras cuatro lanchas salieron. La Guardia costera interceptó tres. La cuarta desapareció del radar a las 4:12. Están buscando.

En Gravelines, los pescadores ya no miran al horizonte cuando escuchan el zumbido de un helicóptero. «Es el ruido de alguien que llega demasiado tarde», dice Philippe, patrón de un barco de arrastre. Guarda silencio y enciende un Gaulois. «Y de alguien que se forra mientras tanto.» La cifra habla por sí sola: 150 millones de euros al año mueve el contrabando de personas en el estrecho. El beneficio neto: 80 %. La pena, en caso de ser pillado: cinco años, máximo.