Chile respira, pero no todos: el sur sigue ahogado por la leña húmeda

La bocanada de aire que entra por Ventanas ya no sabe a azufre. En Coronel, la estación de monitoreo marca 3,56 microgramos de dióxido de azufre por metro cúbico: una cifra que hace dos décadas hubiera parecido ciencia-ficción. El país entero redujo a la mitad sus emisiones de MP2,5, pero el mapa se tiñe de rojo apenas cruza el río Bío-Bío. Ahí, la leña aún se quema verde, la geografía se vuelve trampa y la contaminación deja de ser estadística para convertirse en herencia cultural.

La brecha que los promedios esconden

El informe que la Universidad de Chile y el CR2 presentaron en Atmosphere desgrana veinte años de datos. Santiago bajó sus días de emergencia de 190 a 12. Valparaíso casi olvidó el olor a petróleo residual. Pero la celebración se disuelte en el sur. En Temuco y Padre Las Casas, el 87 % de los hogares aún calientan agua con troncos que crujen humedad. La razón: un cordón montañoso que encierra el smog como una tapa y una identidad campera que confunde leña con patria. Kevin Basoa, físico del CR2, lo resume en una frase que duele: “La gente no se apega al combustible, se aferra a quién cree ser”.

La geografía castiga dos veces. La misma cuenca que atrapa el frío también atrapa el humo. Los vientos del Pacífico, que en teoría deberían barrer la mugre, chocan contra la Cordillera de la Costa y vuelven sobre sí mismos como un gato que se muerde la cola. Resultado: en los días de estabilidad atmosférica, los MP2,5 se disparan hasta 120 microgramos, cuatro veces la norma de la OMS. El gobierno prometió secadores de leña comunitarios, pellet a precio de costo y estufas de alta eficiencia. La realidad: solo tres de cada diez familias accedieron al subsidio y la leña verde sigue costando 30 mil pesos la carga, mitad que el pellet.

Zonas de sacrificio que no se redimen

Zonas de sacrificio que no se redimen

Más al norte, el problema ya no es la calefacción sino la quema de minerales. En Quintero y Puchuncaví, la refinería de ENAP sigue liberando bocanadas de SO₂ que, aunque menores que en 2010, disparan episodios agudos cuando el viento calla. Coronel y Talcahuano repiten la danza: los mismos días en que la escuela suspende clases deportivas, el puerto descarga contenedores sin descanso. El informe advierte que las “zonas de sacrificio” –ese término que Chile importó de la EPA estadounidense– siguen siendo un eufemismo para barrios donde la expectativa de vida baja cinco años y el cáncer de pulmón crece al doble que en el resto de la región.

La solución no es tecnológica, es política. El ministerio ambiental calcula que los ductos de gas natural podrían reemplazar el 60 % de la leña en la Araucanía, pero el proyecto choca con la oposición de los distribuidores de combustible sólido, un gremio que factura 300 millones de dólares anuales. Mientras tanto, la ciudadanía improvisa. En Valdivia, un grupo de vecinos creó la “bolsa del aire limpio”: compran leña seca al por mayor y la revenden a precio de costo. En Concepción, la Universidad del Bío-Bío instaló sensores low-cost que avisan por WhatsApp cuando el MP2,5 supera los 50 microgramos. La innovación llega desde abajo, no desde el panel de control del Congreso.

El 30 de marzo de 2026, Coronel amaneció con un cielo azul que parecía Photoshop. El ICAP marcó 9 puntos, el SO₂ apenas 1. Pero la calma es engañosa: la restricción vehicular sigue vigente y la prohibición de leña húmeda se activa desde abril. La lección que deja el informe es simple: Chile logró que sus ciudades respiren, pero todavía debe aprender a dejar que lo hagan todos por igual. Mientras la leña siga siendo símbolo de pertenencia y el norte siga siendo zona de sacrificio, los números verdes del centro serán solo una pantalla que oculta el humo que sigue quemándose al sur. La meta para 2035 es clara: cero episodios de emergencia en todo el territorio. La pregunta ya no es si se puede, sino cuánto más costará esperar.