Colombia: la doble bala que apagó al 'volador' y al mototaxista en 24 horas

Hatillo de Loba y Turbaco comparten más que el departamento de Bolívar: en menos de 24 horas recibieron el mismo golpe seco de dos sicarias en moto. Primero fue Rafael Baños Perales, 44 años, el hombre que saltaba sobre toros bravos para ganarse el aplauso de los pueblos. Al día siguiente le tocó a Gustavo Adolfo Peña Castro, 23, quien solo quería completar la carrera que otros colegas rechazaron. Dos disparos, dos cuerpos, dos silencios que aún retumban en la costa Caribe.

El volador que ya no vuela

Las corralejas de Bolívar perdieron su estrella. Baños Perales —“el volador de toros” para los cronistas locales— recibió cinco balazos el 28 de marzo en el corregimiento Juana Sánchez. No hubo advertencia: la moto se detuvo, los cascos oscuros apuntaron y la pólvora acabó con años de piruetas sobre cuernos de 500 kilos. Vecinos que lo vieron caer aún no entienden cómo un hombre que se jugaba la vida frente a un astado murió en una esquina cualquiera, sin música ni banderillas.

La Policía habla de microtráfico y venganzas como si fueran sinónimos. La comunidad habla de “Rafa”, el tipo que repartía cerveza después de cada corrida y pagaba las vacaciones de los novatos. Mientras tanto, la Fiscalía despliega un “equipo especial” que, por ahora, solo especializa la retórica: no hay capturas, no hay móvil claro, solo un cielo que, según una tía en Facebook, “recibe a un hombre valiente”. A la arena le faltó sangre; al pueblo le sobró.

La carrera que nadie quiso

La carrera que nadie quiso

Gustavo Adolfo Peña Castro salió de Arjona con su hijo de cuatro años en la cabeza y una deuda en el bolsillo. El pasajero que subió al asiento trasero había sobrevivido a un atentado semanas atrás; los demás mototaxistas lo miraron, olfatearon peligro y dijeron que no. Gustuvo, como le decían los parceros, aceptó porque “había que llevar el pan a la casa”. A mitad del trayecto, en el sector Bonanza de Turbaco, dos tipos lo interceptaron y dispararon hasta dejar cinco casquillos sobre la vía. El cliente huyó cojeando; el mototaxista quedó tendido junto a la guaya que lo alimentaba.

El padre, entre sollozos, resume la ecuación: “El que iba atrás era el blanco, pero mi hijo pagó la cuenta”. La Policía confirmó que Gustavo no tenía anotaciones judiciales; su único delito fue confiar en un trabajo que se volvió condena. El pequeño, al que le prometió una bicicleta roja, ahora duerme con la camisa del papá que huele a gasolina y a sudor de moto.

La misma bala, distinto nombre

La misma bala, distinto nombre

En Bolívar, la violencia ya no discrimina entre héroes de plaza o conductores de app. El modus operandi —sicarios en moto, disparos sin dialogar, escape rápida— es un guión copiado que se repite desde los años 90. La diferencia está en el protagonista: ayer fue un torero popular, hoy un padre joven, mañana puede ser cualquiera que cruce la calle equivocada a la hora equivocada. La fiscalía habla de “equipos especializados”; la gente habla de “la misma mierda de siempre”.

Entre tanto, Hatillo de Loba canceló su corraleja de abril y Turbaco suma otra vela en la vereda. Dos ataques, dos velorios, dos silencios oficiales. Mientras la investigación avanza a paso de tortuga, la única certeza es que el sur de Bolívar ya no distingue entre la arena y la acera: ambas están manchadas de pólvora y de historias que nadie termina de contar.