Costa abraza a pakistán como puente para frenar la guerra en irán

António Costa no ha perdido el tiempo. En menos de 140 caracteres ha puesto a la Unión Europea en la primera línea de una negociación que nadie se atrevía a pronunciar: Pakistán como mediadora entre Irán y Estados Unidos. El presidente del Consejo Europeo ha estrechido la mano virtual de Shehbaz Sharif y, de paso, ha sacado a Bruselas del letargo diplomático que arrastra desde que estallaron los misiles en Teherán.

Un guiño a islamabad que nadie esperaba

La llamada llegó este lunes. Costa quería conocer de primera mano la carta que Sharif lleva en el bolsillo tras la cumbre de Islamabad: Egipto, Arabia Saudí, Turquía y Pakistán sellaron un plan de cuatro puntos que, según fuentes diplomáticas, incluye un alto el fuego parcial y un corredor humanitario por el estrecho de Ormuz. La UE no estaba invitada. Ahora, de repente, se ha colado en la mesa.

El mensaje en X no es un simple aplauso. Es la entrada en escena de un actor que hasta ahora se había limitado a condena genérica y sanciones. «Sólo el diálogo y la diplomacia», ha escrito Costa, como si los bombardeos nocturnos no estuvieran marcando la agenda. Pero hay un detalle: no menciona a Israel. Ni una palabra. El vacío huele a estrategia: Bruselas apuesta por desbloquear la escalada sin tocar el tabú de Jerusalén.

Detrás del telón, el miedo a una guerra de trincheras

Detrás del telón, el miedo a una guerra de trincheras

Lo que nadie cuenta es que el nerviosismo en la Comisión ha saltado del despacho al campo de batalla. Los servicios de inteligencia han alertado de un posible cierre del estrecho de Ormuz que dispararía el barril a 150 dólares en 48 horas. El impacto sería demoledor: la inflación volvería al 7 % y el plan de estímulo verde quedaría congelado. Costa lo sabe. Por eso aprieta ahora. Por eso abraza a Pakistán, el país con acceso directo a los pasos montañosos que Irán usa para tejer alianzas en Asia Central.

La jugada, sin embargo, tiene riesgo de boomerang. Islamabad arrastra una deuda con China que supera el 70 % de su PIB. Sharif no mediará gratis. Y la factura podría incluir la mirada al otro lado del Kashmir, donde la UE mantiene un embargo de armas a la India que Modi ya ha denunciado como «colonial». Costa ha abierto la puerta, pero no sabe qué entra.

En Bruselas, mientras tanto, la urgencia se masca en los pasillos. «La prolongación de la guerra y su creciente impacto global», ha advertido el presidente del Consejo, como si el mundo no hubiera contabilizado ya 200.000 muertos y tres millones de desplazados. La cifra habla por sí sola: cada día de conflicto cuesta 800 millones de euros en gas y petróleo. La paz, en esta partida, ya no es un valor. Es un activo financiero.

La próxima semana, Sharif viajará a Bruselas. Costa le ha prometido «todo el apoyo europeo». Poco más puede ofrecer sin desvelar el mazo de sanciones que prepara contra los drones iraníes. Mientras tanto, los misiles siguen cayendo y el Mediterráneo se llena de barcos que evitan el Canal de Suez. La diplomacia europea ha encontrado un nuevo aliado en el campo de batalla. Le quedan días para demostrar que no es un espejismo.