El sol que quema la memoria: spampinato desentierra paisajes que ya no existen
Alfredo Spampinato pintaba con la arena de la pampa entre los dedos. Ahora, la galería Calvaresi abre Oro en el campo, una muestra que no es un homenaje: es una autopsia de un territorio que ya nadie reconoce. José C. Paz, 1953: él llegó cuando el cielo aún olía a bosta de caballo. Hoy, ese aire se vende en ladrillos.
La mancha que no se borra
Los lienzos miden apenas 30 × 40 cm, pero el amarillo ocre late como un hematoma. Spampinato no buscaba el color: lo escarbaba. Capas de óleo, rascar con la uña, otra capa, más arena. El resultado es una superficie que parece piel después del raspón: cicatriz que guarda luz. En Figura y paisaje (1966) un hombre enciende una tea contra la luna. La tea es un dedo acusador; la luna, un sol en desguace. Nadie mira al espectador: el cuadro no quiere testigos, quiere cómplices.
Los críticos de los sesenta lo llamaron “ingenuo”. Él arrugó la nota y siguió pintando molinos que se desmoronan bajo cielos de yeso. Sus diarios —ahora desgranados por Juan Allermann— hablan de cuadros entregados que nunca cobró. “Los marchantes me pagan con aire”, escribió. El aire, claro, no alcanza para comprar óleo.

El infarto que no lo mató
1988: un infarto le reduce el corazón al tamaño de una acuarela. Spampinato no se detiene. Su taller se llena de tablas de hardboard que él mismo prepara con yeso y furia. Ana, su hija, cuenta que pintó 4.000 cuadros en los últimos veinte años. Hacer cuentas: son dos por semana, religiosamente, como quien reza para no morirse.
Cuando las manos temblaron demasiado, cambió el óleo por agua. La acuarela no perdona: un segundo de distracción y el pigmento se escapa. Spampinato la domaba al segundo intento. Murió en 2012, a los 87 años, con un pincel entre los dedos y una toalla llena de manchas de sol.

Lo que queda cuando se va el sol
En la sala, un girasol solitario mira al techo. Es de 1994, pero podría ser de 1894: mismo tallo seco, mismo cielo que no da tregua. La gente pasa, saca fotos, se queja del calor. Nadie lee la etiqueta: “José C. Paz ya no existe”. Lo que existe es la mancha de óleo que huele a tierra recién abierta, a zanja, a futuro que no llegó.
La muestra cierra el 8 de mayo. Entrada libre. El aire acondicionado gana la batalla contra el ocre. Afuera, la vereda de Defensa 1136 es un collar de sombras que se rompe cada vez que pasa un colectivo. Spampinato lo previó: pintó la sombra antes que el objeto. La sombra, claro, no pide pagos.