Pat steir muere y el mercado del arte pierde a la artista que hizo llorar al lienzo
La pintura vertida ya no tiene dueña. Pat Steir murió el 25 de marzo en Manhattan a los 87 años y deja un vacío que se siente en todas las subastas del mundo: su Cascadas batió récord en 2018 cuando un coleccionista pagó 2,2 millones de dólares porElective Affinity Waterfall, la obra que convirtió la gravedad en pincel.
De newark al centro del universo del arte
Nació en 1938 en una familia que contaba los centavos y soñaba con colores. A los 18 años se metió en Pratt Institute, donde Philip Guston le enseñó que el lienzo también podía sangrar. Después vinieron los tachones de rosas, los 64 paneles de La serie Brueghel y la decisión de fundar Printed Matter en 1976, la primera librería de artistas sin ánimo de lucro, junto a Sol LeWitt. Cada paso era un puñetazo al statu quo.
En 1982 se fugó a Japón. Allí aprendió a escuchar el silencio del grabado en madera y regresó con la certeza de que la pintura podía fluir como un haiku. Montada en una escalera de dos metros, vertió barniz negro sobre lienzo vertical y descubrió que el accidente podía ser más preciso que la mano. Así nacieron las Cascadas: telas que parecen cataratas congeladas en el segundo antes del estallido.

El momento en que el dólar lloró tinta china
El mercado tardó años en entender que aquello no eran manchas. Cuando Christie's subastó Elective Affinity Waterfall, el martillo cayó y la sala se quedó sin aire: 2,2 millones por una obra que había costado un frasco de tinta y una risa. La cifra habló por sí sola: la abstracción podía ser tan codiciada como un Rothko, y Steir ya no era una secta era una religión.
Desde 1990 hasta 2025 expuso cada año. Londres, Tokio, Aspen, Berlín: las paredes se doblaban bajo el peso de su pintura. Hauser & Wirth la fichó en 2016 y Marc Payot no tardó en advertir: «Pat salió del minimalismo, pero inventó un lenguaje que huele a agua y a filosofía china». Ella, mientras tanto, seguía subiendo la escalera y arrojando el color al vacío, como quien tira un mensaje en una botella.
El mes que viene el Museo Parrish abre la retrospectiva que ya no podrá tocarla. Las salas estarán llenas de cascadas que aún gotean, de negros que aún huelen a lluvia. Pat Steir se marcha pero deja la gravedad trabajando para siempre: cada gota que cae sobre un lienzo vertical seguirá siendo, en secreto, una firma suya.