Pradelli conquista la academia: la palabra como arma y abrazo
Ángela Pradelli subió al estrado del Museo de Arte Decorativo, apoyó las manos sobre la madera y, antes de aceptar el sillón 19, desarmó la ceremonia con un relato sobre la infancia y la venganza. No hubo lágrimas ni agradecimientos protocolares: su discurso fue una letanía de contraataques a los que creen que la literatura es un lujo de élite.
Una escritora que viene de la oralidad
En la Argentina de los noventa, mientras los suplementos culturales se llenaban de nombres porteños, Pradelli recorría el interior con un taller de escritura en la valija. Llevaba hojas mimeografiadas, café en termo y la certeza de que la poesía nace en la mesada donde una mujen amasa la tarde. Treinta años después, eso mismo defendió ante los académicos: «Quizás haya poesía en las fábricas, en las aulas y las bibliotecas». Nadie aplaudió al principio; al final, se midió el silencio.
La designación había sido anunciada en septiembre, pero el trámite interno se demoró por la pelea entre filólogos que discutían si su prosa ensayística entraba o no en la categoría de «letras». Pradelli ni se inmutó: siguió dando clases en la Universidad de Luján y publicando columnas en La Nación donde desmenuzaba la gramática del poder. El presidente de la Academia, Rafael Felipe Oteriño, terminó imponiendo su nombre con un argumento que hizo temblar los sillones de cuero: «Llevó la lengua argentina a Suiza, Alemania, Italia y China sin pedir permiso».

La palabra como herramienta de justicia
En el discurso citó a Ferdinando Camon: «Io scrivo per vendetta». Y tradujo: escribo para devolverle la voz a mi madre que firmaba con una cruz. La frase golpeó porque muchos de los presentes también habían crecido entre padres analfabetos y libros robados de la biblioteca pública. La Academia, custodia del diccionario, escuchó por primera vez la palabra «venganza» sin despeinarse.
Después vino la otra historia: la del chico wichí al que sus compañeros llamaban «indio» y que aprendió a callar su lengua para sobrevivir la primaria. Pradelli lo contó con nombre y apellido, y señaló que la exclusión empieza cuando un docente ordena «olvidarse de las palabras». La morale fue demoledora: la Academia puede sellar las páginas del diccionario, pero si la escuela sigue castigando el bilingüismo, la lengua nacional será un muerto en traje de etiqueta.
La ceremonia terminó sin photocall. Pradelli se bajó del escenario, abrazó a la bibliotecaria de Burzaco que la había guiado de adolescente y se fue por la puerta lateral. El sillón 19, que alguna vez ocupó Calixto Oyuela, huele ahora a pan recién hecho y a tinta barata: la mezcla que necesita el país para no desmoronarse.