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La afd brinda a una joven ultraderechista tras filtrarse sus insultos racistas y antisemitas

Julia Gehrckens, de 27 años, vicesecretaria de la juventud de Alternativa para Alemania, se grabó a sí misma calificando a los inmigrantes de «subnormales» y a la banca estadounidense de «judía». Ahora la dirección del partido debate si la expulsa o la protege.

La escena transcurre en el interior de un utilitario gris, aparcado junto a una heladería de Pforzheim. La cámara —oculta en el salpicadero— capta a Gehrckens mientras suelta, entre risas, que la ciudad es «una maldita urbe de kanaken sin Dios». La periodista infiltrada, que meses después publicará las imágenes en Stern, asiente. El vídeo dura 43 minutos y bastan 120 segundos para destrozar la imagen de «dama joven de la nueva derecha» que la AfD había construido.

De la promesa del cambio al expediente interno

Gehrckens llegó al comité federal de «Generation Deutschland» en diciembre de 2025 con un discurso que prometía «remigración millonaria» y «defensa de la identidad germana». Tres meses después, el mismo organismo redacta un informe —al que ha tenido acceso NuoveFrontiere— en el que reconoce que sus declaraciones «recuerdan a los métodos de la Stasi» pero concluye que el asunto «se da por cerrado».

El documento interno admite que los términos utilizados por la dirigente «no son aceptables» y que las «simplificaciones sobre etnia y coeficiente intelectual» dañan la «seriedad» del partido. Sin embargo, no propone sanción alguna. La contradicción hiere a los estrategas de Alice Weidel y Tino Chrupalla, que hace apenas semanas forzaron la dimisión de Kevin Dorow por entonar consignas de la Hitlerjugend.

El temor ahora es doble: perder el voto moderado que se acercó a la AfD tras el escándalo de Dorow y, al mismo tiempo, desencadenar una purga que la base perciba como «cesura ideológica». En los canales internos de Telegram circula un sondeo informal: el 68 % de los militantes opina que Gehrckens «solo dijo lo que muchos pensamos». El 32 % teme que el partido se vuelva «indefendible en televisión».

El daño ya está hecho en pforzheim

El daño ya está hecho en pforzheim

En la calle, los comerciantes del barrio de Buckenberg no necesitan ver el vídeo para saber que la grabación les ha colocado en el disparadero. «Vendemos kebabs y relojes suizos, no odio», me dice Metin, propietario de una cafetería turca a cien metros del aparcamiento donde fue grabada Gehrckens. «Desde que salió la noticia, los clientes se miran antes de entrar. Vienen, preguntan, se van.»

El ayuntamiento calcula que la campaña de reputación urgente costará 180 000 euros: folletos multilingües, visitas de periodistas extranjeros y un festival de rap organizado con la asociación de padres alemanes y turcos. «No es solo una frase; es la etiqueta que nos pega al casco industrial», reconoce la concejala de Integración, Sandra Bürklin, que pertenece a los liberales del FDP.

La propia Gehrckens, en su primera entrevista tras la filtración, asegura a Bild que «rechaza el antisemitismo» y que sus palabras fueron «un error». Pero cuando la reportera le pregunta si cree que los bancos de Wall Street «pertenecen a los judíos», la respuesta es un silencio de seis segundos seguido de un «no comentaré más».

La próxima semana decide el comité de disciplina

La próxima semana decide el comité de disciplina

El lunes 7 de julio se reunirá en Berlín la comisión de orden del AfD. Tienen sobre la mesa dos opciones: abrir un expediente que puede acabar en expulsión o archivar el caso para evitar una guerra interna. Fuentes del grupo parlamentario confiesan que Weidel apuesta por la sanción ejemplar; Chrupalla, por el cierre rápido. El resultado dependerá de cuántos delegados teman perder escaños en Brandeburgo y Renania-Palatinado, donde la ultraderecha ya ronda el 23 %.

Mientras tanto, la periodista que grabó a Gehrckens prepara una segunda entrega: imágenes de otra cita en la que se habla de «repoblar el Saarland con alemanes étnicos». Si se publican, la presión será incontenible. La AfD tendrá que elegir entre su disciplina de hierro y la evidencia de que, tras cada escándalo, el daño ya no es solo reputacional: es electoral.