El ecuador se queda sin agua y sin luz: embalses en caída libre y el ejército en las turbinas
El embalse Mazar perdió 6,8 metros en una semana. El río Paute circula a 17,45 m³/s cuando necesita 141. La central Coca Codo Sinclair, orgullo chino en la Amazonía, recibe la mitad del caudal que le prometieron. Mientras tanto, el ejército ecuatoriano custodia las compuertas y el Gobierno niega lo evidente: sin lluvias, el país se enciende con velas.
La gota que colmó el embalse
Mazar no es un lago cualquiera. Es el bolsillo de agua que garantiza el 40 % de la electricidad del Ecuador. La última fotografía aérea mueve el dial de la incredulidad al pánico: una franja rojiza de suelo seco rodea la cortina de presa como anillo de oxidación. El 10 de septiembre la cota marcaba 2.150,5 msnm; el 17 ya estaba en 2.143,7. En siete días se fugaron 200 millones de metros cúbicos, un volumen equivalente a toda la ciudad de Quito consumiendo agua durante dos años.
Lo que nadie cuenta es que el desastre no llegó de la noche a la mañana. Desde enero, la cuenca alta del Paute acumula un déficit de lluvias del 32 %. Los ingenieros de la Corporación Eléctrica del Ecuador (Celec) lo venían advirtiendo en informes internos que nunca vieron la luz pública. El agua se fugó en silencio, como el capital político del presidente Daniel Noboa, que ahora envía tanques a proteger una presa que no puede protegerse a sí misma.

Cuando el vecino cierra el grifo
La ironía llega desde Bogotá. Colombia, país con el que Ecuador mantiene un tira y afloja comercial desde que Nobao elevó aranceles al arroz y al papel, ofreció 450 MW de energía “por amistad andina”. La primera reacción del ministro de Energía, Roberto Luque, fue desestimar: “No necesitamos importar”. Dos días después, la única planta térmica nacional que aún tenía gasoil suficiente, Trinitaria, se detuvo por falla de turbina. La luz parpadeó en Guayaquil y la frase de Luque sonó a burla.
El intercambio eléctrico entre países funciona como un espejo de la diplomacia: cuando abunda, sobra; cuando escasea, duele. En 2023, Ecuador exportó 1.200 GWh a Perú y Colombia. Este año, hasta septiembre, apenas registró 200 GWh de exportación y ya lleva 300 GWh de importación. El saldo negativo equivale a 120 millones de dólares que se fugan de las reservas del Banco Central justo cuando el país negocia un nuevo crédito con el FMI.

La culpa no es del clima
El problema no es hidrológico, es de diseño. El Ecuador apostó casi todo a la hidroelectricidad: nueve grandes presas generan el 75 % de la electricidad. El resto depende de derivados del petróleo que, paradójicamente, también exporta. Cuando el crudo cae, el país tiene menos dólares para comprar gasoil y menos agua para mover turbinas. El círculo vicioso se cierra con velocidad de vertedero.
La central Coca Codo Sinclair, inaugurada con bombos y platillos por Rafael Correa en 2016, ilustra el despropósito. Costó 2.200 millones de dólares, pero su diseño hidráulico asume un caudal mínimo de 222 m³/s. El Coca baja hoy a 100 m³/s y la turbina 8 permanece en reparación permanente por cavitación. La obra estrella de la china Sinohydro se convierte en el monumento más caro a la ingle del país: gigantesca, moderna y sedienta.
El Gobierno prometió cuatro plantas de ciclo combinado que nunca se construyeron. La última, Posorja, quedó en un terreno cercado al mar donde pastan ahora cabras y vendedores de lotes. Mientras tanto, la matriz térmica opera al 38 % de su capacidad por falta de gasoil barato. La única alternativa inmediata, el gas natural del campo Amistad, requiere una tubería que cruza regiones donde operan disidencias de las FARC. La geografía se ríe del planificador.
El apagón que viene disfrazado de normalidad
No hay racionamiento, dicen. Pero en Cuenca los semáforos se apagan a mediodía y los hospitales encogen sus quirófanos a la mitad. En Manta, los frigoríficos reciben un aviso de 30 minutos para “recircular” la carga y evitar pérdidas. La empresa eléctrica EEQ envía SMS que suenan a amenaza velada: “Colabore desconectando aires acondicionados entre 18:00 y 22:00”. El racionamiento existe, solo que se llama “monitoreo inteligente de demanda”.
La cifra habla por sí sola: el 24 de septiembre, el sistema registró 2.847 MW de demanda punta y 2.819 MW de generación disponible. El margen, 28 MW, es menos que el consumo de un barrio alto de Quito. Un solo mall que encienda sus luces de navidad adelantadas puede tirar el dominó. El operador nacional (CENACE) activa el “código rojo” cada tarde, pero la prensa oficial lo traduce como “estabilidad operativa”.
La cuenta regresiva empieza en noviembre
Los modelos climáticos del Instituto Nacional de Meteorología pronostican un Niño débil para diciembre, con lluvias apenas un 10 % por encima del promedio. Ese 10 % no alcanza para llenar Mazar ni para que Coca Codo recupere su caudal de diseño. El lago que debe alcanzar los 2.160 msnm en época lluvia probablemente se conforme con 2.145. La diferencia, 15 metros, representa 1.200 GWh no generados, el 8 % del consumo anual.
El ministerio calcula que, si la tendencia se mantiene, el país ingresará en enero con reservas para 12 días de consumo. En términos de seguridad energética, es como viajar con el tanque en reserva por una carretera sin gasolineras. La alternativa térmica requeriría 1,5 millones de barriles de gasoil adicionales, un desembolso de 180 millones de dólares que el tesoro no tiene. El FMI ya advirtió: cualquier desvío fiscal cancela el desembolso de 1.000 millones pactado para marzo.
La historia termina donde empezó: con un ejército custodiando agua que se escapa, un Gobierno que niega el racionamiento y un país que aprendió a vivir con la luz tenue. La próxima vez que Mazar baje otro metro, la única certeza es que alguien volverá a culpar al clima. Mientras tanto, los ecuatorianos encienden velas que compran en dólares, la moneda que ya no les alcanza para comprar esperanza.
