Euro frena en uruguay: 46,68 pesos y la incertidumbre que despierta

El euro amaneció este 30 de marzo a 46,68 pesos uruguayos. Un susurro de 0,1 % menos que ayer. Nada que haga temblar los cimones de la city porteña, pero suficiente para que los importadores revisen la calculadora y los ahorristas se pregunten si conviene sellar o esperar.

La volatilidad que no se ve

Lo que nadie cuenta es que la moneda única lleva siete días subiendo apenas 0,11 %. Parece un error de tipeo, no una tendencia. Y aquí aparece el dato que duele: en los últimos doce meses el avance total es del 0,87 %. Traducción: el euro se mueve como quien pasea un domingo por la rambla, sin prisa y sin rumbo.

El Banco Central ya advirtió en su última encuesta que el dólar terminará 2026 en 40,19 pesos. Hoy está en 38,5. Ese margen de 1,69 pesos parece mínimo, pero para una pyme que factura en dólares y compra insumos en euros puede ser la línea entre el negocio rentable y el cierre de balances en rojo.

El peso que resistió la tormenta

El peso que resistió la tormenta

Detrás de esta quietud aparente late la historia de una moneda que ya fue drachma local. Nacido en 1993 tras un milésimo corte de ceros, el peso uruguayo aprendió a flotar solo tras la crisis del 2002, cuando la fuga de capitales dejó al país sin reservas y con la confianza rota. Desde entonces, y a diferencia de sus vecinos, prefiere el vaivén a la camisa de fuerza cambiaria.

Hoy ese pasado se traduce en un Banco Central que no interviene a gritos, sino a susurros. Y en una clase media —el 60 % de la población— que mira el celular antes que el pizarrón del Money Exchange. Porque en Uruguay cotizar divisas es también medir la temperatura de la economía real: cuánta carne se exporta, cuántos turistas desembarcan en Carrasco, cuántos emprendedores facturan en dólares y pagan impuestos en pesos.

La proyección oficial habla de un PBI que crecerá 1,87 % en 2026, dos décimas menos de lo que se creía el año pasado. La inflación, en cambio, se desinfla: 4,4 % dentro de dos años, justo en el centro del rango meta. Un equilibrio que aburre a los titulistas pero que seduce a los inversores que buscan predictibilidad más que récords.

Mientras tanto, el euro sigue ahí: ni se desploma ni despega. Como quien espera una señal que nadie termina de dar. Y los uruguayos, acostumbrados a las mareas más que a los terremotos, esperan el próximo viernes con la calculadora en la mano y la incertidumbre en el bolsillo.