Fernando bonilla usa la fama de la oficina para rescatar al teatro mexicano de la quiebra
Fernando Bonilla convirtió la popularidad de Jero Ponce en un boomerang que regresa al teatro mexicano. Mientras Netflix y Amazon pelean por sus derechos, él cobra en escena 180 pesos la entrada de Piedras en sus bolsillos y lo declara victoria.
La jugada es tan desconcertante como honesta. En 2018, con dos montajes premiados en festivales de Europa, Bonilla no podía pagar la renta. «Irónicamente tuve una crisis económica fuerte», escribió en X. El reconocimiento artístico no alcanzó ni para cubrir los gastos de una gira nacional. Así que se planteó un plan tan simple como radical: usar la televisión como caja de resonancia para devolver al público a las butacas.

De las tablas al streaming y de vuelta a las tablas
La versión mexicana de La Oficina fue el caballo de Troya. Bonilla audicionó sin ilusiones; necesitaba saldar deudas. Consiguió el papel, grabó, se volvió meme y ahora reparte flyers en el Foro Lucerna los fines de semana. «La mayoría me ubica por el Diente de Oro o por Jero, pero he pasado la vida en el teatro», resume sin amargura.
La ecuación es brutal: un capítulo de serie le permite financiar tres funciones de sala chica. Cada clic en Prime Video se traduce en butacas ocupadas para Piedras en sus bolsillos, una comedia negra sobre la desigualdad que se mofa de la clase media que ahora lo vitorea. El chiste le sale redondo: los espectadores pagan por reírse de sí mismos.
Bonilla hijo de Héctor Bonilla heredó el oficio y la obstinación. Su padre murió en 2022 convencido de que el teatro mexicano sobrevive a pesa de los gobiernos, no gracias a ellos. Fernando repite la lección cada noche al bajar el telón: «El teatro es mi origen y el lugar al que siempre voy a regresar». La frase suena a mantra contra la inflación y la indiferencia.
La temporada termina el 3 de mayo. Después vendrán nuevos castings, nuevas deudas, nuevas series. Pientras tanto, Bonilla sigue repartiendo entradas con la misma mano que firma autógrafos. La estrategia funciona: la función del domingo pasado se agotó y ya negocia trasladar la obra a una sala más grande. La fama televisiva, dice, «es solo un préstamo que hay que devolver con intereses al teatro». El público, por ahora, paga sin protestar.
