Jerusalem blinda el santo sepulcro y el vaticano estalla: «¡depongan las armas!»
Domingo de Ramos convertido en Domingo de escándalo: la Policía israelí cerró ayer el paso al cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén, cuando se disponía a presidir la misa en la iglesia del Santo Sepulcro. El Vaticano no tardó en reaccionar. El papa León XIV, desde la loggia de San Pedro, gritó: «¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!». Un grito que retumbó en medio del humo de los bombardeos en el sur del Líbano, donde Netanyahu acaba de ordenar «ampliar aún más» la franja de seguridad y donde ayer murieron al menos 13 personas.
La extensión de la guerra que nadie quería contar
Mientras los ministros de Exteriores de Arabia Saudí, Pakistán, Turquía y Egipto se reunían en Islamabad para «coordinar una desescalada» entre Irán y Estados Unidos, el Pentágono ultimaba el despliegue de una ofensiva terrestre que, según el Washington Post, podría prolongarse «semanas». Teherán respondió con la amenaza más sangrienta: tropas estadounidenses convertidas en «alimento para los tiburones del golfo Pérsico». La frase no es una metáfora: la Guardia Revolucionaria ya tiene drones submarinos listos para sembrar minas en las aguas del Estrecho de Ormuz.
En Beirut, el duelo se mezcla con la rabia. Tres periodistas libaneses fueron despedidos ayer con honores en el sur de la capital tras morir bajo un ataque aéreo israelí en la zona de Jazín. Uno de ellos, Ghassan Jawad, de 29 años, dejaba un cuaderno de campo donde anotaba: «Cada día la guerra se come una calle más». Su hermana, Laila, rompió en llanto frente al féretro: «No quería que fuera corresponsal; quería que viviera».

Cuando la semana santa se volvió política
La prohibición al cardenal Pizzaballa no es un incidente menor. El Santo Sepulcro es la joya del cristianismo y, desde 1757, goza de un «statu quo» que garantiza el acceso a las distintas confesiones. Ayer, por primera vez desde la Segunda Intifada, un patriarca latino fue rechazado a la puerta. La policía alegó «motivos de seguridad»; el Vaticano habla de «vulneración flagrante del derecho de culto». La cifra habla por sí sola: solo el 1 % de los cristianos palestinos que vivían en Jerusalén en 1948 siguen hoy en la ciudad.
El gesto encendió la mecha diplomática. La UE emitió un comunicado «de profunda preocupación»; Jordania, custodia de los lugares santos, convocó de urgencia a su embajador en Tel Aviv. Y en la plaza de San Pedro, mientras el papa León XIV clamaba por la paz, un turista rumano levantó un cartón: «Si Cristo resucitó aquí, ¿por qué seguimos crucificando a los palestinos?».
La respuesta llegó desde La Habana, a 10.000 kilómetros de distancia. Cuba lleva tres meses sin «una gota de combustible» por el bloqueo petrolero de EE.UU. y la inflación ya perfora el 1.300 % anual. El dueño de una panadería en Centro Habana resume el desastre: «Antes hacíamos 200 baguettes; hoy, 30. Y aún así se agotan». El gobierno de Díaz-Canel acusa a Washington de «estrangulamiento económico»; la Casa Blanca responde que «solo se sanciona a la élite cubana». Entre tanto, el turismo —la única válvula de escape— se desploma: Disneyland París, en cambio, estrenó ayer su nuevo parque Adventure World con un mundo Frozen que promete 5.000 empleos y unos ingresos de 600 millones de euros al año. El contraste duele.
En la órbita de la luna, la última utopía
Mientras la Tierra se desangra, cuatro astronautas del Artemis II se preparan para orbitar la Luna el miércoles. En su última aparición pública antes del lanzamiento, la pilota Jessica Watkins sonrió: «Queremos que el satélite deje de ser un símbolo para convertirse en destino». La frase suena a consuelo tecnológico: si no podemos detener la guerra, al menos podemos mirarla desde 384.400 km de distancia.
La ironía es demoledora. En Gaza, el cineasta Kamal Aljafari acaba de ganar el premio Mezcal en el Festival de Guadalajara con una película rodada entre escombros. «Tuve que filmar la destrucción para que el mundo escuchara nuestras voces», dice. Su éxito llega cuando ya no queda casi nada que filmar: el 70 % de los edificios de la franja han sido dañados o destruidos.
En Jerusalén, mientras tanto, el cardenal Pizzaballa volvió a intentar el acceso al Santo Sepulcro anoche, acompañado de un solo monaguillo. La policía volvió a negárselo. La misa del Domingo de Ramos se celebró, finalmente, en la capilla de la Flagelación. Allí, frente a una veintena de fieles, el patriarca latinó un pasaje de Mateo: «El que quiera salvaguardar su vida, la perderá». Afuera, los altavoces de las mezquitas anunciaban el rezo del Fajr y, más allá, los drones seguían rondando el cielo. La guerra no duerme. Y la Semana Santa, esta vez, no resucitó.
