La academia de cine alcanza los 3.000 miembros: el poder de un club que ya no es solo de estrellas

3.000. La cifra parece un mero número de expediente, pero en la Academia de Cine es el golpe de timbre que certifica que el cine español ya no se rige por los mismos códigos de hace cuatro décadas. El lunes, la institución que nació con 87 firmas en un papel de 1986 ha superado el listón que antes reservaban los gremios de Hollywood: un ejército de directores, técnicos, distribuidores, exhibidores, guionistas, postproductores, sonidistas, maquilladores y hasta abogados de derechos de autor. Todo un ecosistema que, de pronto, exige voz en las decisiones que antes monopolizaban las caras de las alfombras rojas.

Lo que nadie cuenta es que detrás del aniversario número 40 hay un cambio de ciclo silencioso. La Academia deja de ser un club de premiados para convertirse en un parlamento del audiovisual donde la película de 2 millones de euros tiene los mismos puntos de voto que la superproducción de 20. El resultado: una red de influencia que ya no depende solo de Madrid y Barcelona, sino que despliega delegados en Buenos Aires, Ciudad de México y Lisboa, mientras en España convoca asambleas con sello autonómico. La última fue en Sevilla, con 400 asistentes y un debate sobre la ley de mecenazgo que dejó al gobierno andaluz sin argumentos.

El mapa que desmonta la centralización

Madrid sigue concentrando el 42 % de los afiliados, pero la sorpresa llega cuando se desglosa el resto: Valencia duplica su censo en cinco años, Galicia crea una mesa de trabajo de exhibición y Canarias estrena laboratorio de guion con financiación europea. La Academia se alimenta de esta descentralización para sobrevivir a la guerra de plataformas que devora derechos y contratos. Su secretaria general, Casandra de la Torre, lo resume en privado: «Netflix no nos llama para saber qué película ganará el Goya; quiere saber cuántos técnicos pueden rodar en 48 horas en Cartagena sin trasladar equipo desde la capital».

El crecimiento también expone la grieta de género que el sector arrastra. Las mujeres representan solo el 34 % de la plantilla, aunque entre los menores de 35 años ya superan al 50 %. La solución no llega por cuotas, sino por un reglamento interno que obliga a los nuevos comités a presentar listas paritarias. La próxima batalla: la presidencia que se renueva en diciembre. Maribel Verdú suena como candidata de consenso; Isabel Coixet se niega a presentarse pero controla un tercio del consejo. El terreno está que arde.

El negocio que se esconde detrás del número redondo

El negocio que se esconde detrás del número redondo

Cada alta nueva paga 150 euros anuales. Hacer la cuenta: 450.000 euros de cash anual solo en cuotas. A eso hay que sumar los 300.000 euros que aportan marcas como El Corte Inglés o Movistar Plus+ a cambio de mesas redondas y photocalls. El Goya, que este año se celebra en Valladolid, genera otros 2,3 millones en patrocinios y derechos de emisión. La Academia ya no pide subvertidos al Ministerio de Cultura; lo invierte en bolsa y devuelve dividendos a una fundación que beca a 120 estudiantes de cine. El mensaje es demoledor: la cultura ya no depende del dinero público si sabe convertirse en industria.

El cierre del ejercicio lo pondrá la junta directiva el 20 de junio en la sede de la Filmoteca. Entre los puntos: aprobar un convenio colectivo para los técnicos de plato que regule jornadas de 14 horas, y avalar un código de ética que impida a los socios trabajar con productoras en paradero fiscal desconocido. La votación será secreta, pero la mayoría ya avanza que el cine español da un paso al frente: deja de mendigar protección para exigir reglas de juego globales. La próxima vez que alguien diga que la Academia es un club de famosos, la respuesta está en los 3.000 nombres que pagan su cuota y exigen sentarse a la mesa. El 40 aniversario no es una fiesta; es un ultimátum.