La sanguijuela medicinal resurge en ciudad real 50 años después

Francisco Bermejo no buscaba un fósil viviente. Apenas ajustaba el teleobjetivo cerca del Parque Nacional de Cabañeros cuando el anélido de cuerpo moteado se enrolló en su encuadre: una Hirudo medicinalis que llevaba medio siglo sin ser vista en Ciudad Real.

El pantano seco que la borró del mapa

En los años 70 aún quedaban charcas donde los niños salían del agua con dos o tres vampiros pegados a los tobillos. Después llegaron los pesticidas, las desecaciones y los nitratos. España perdió el 95 % de sus zonas húmedas y, con ellas, a la sanguijuela que copiaba la fórmula del laboratorio antes que el laboratorio existiera.

La última referencia oficial databa de 1976. Desde entonces, la especie sobrevivía solo en registros escolares y en la memoria de los pescadores que juraban haberla visto en los caños del Guadiana. El MITECO la mantuvo en el limbo de los «datos insuficientes» hasta que Bermejo subió la foto a la plataforma Observation y el sistema saltó: «Alerta de hallazgo crítico».

De la farmacia del siglo xix a la uci del xxi

De la farmacia del siglo xix a la uci del xxi

La sangre que brota tras la mordida no es un accidente: es un cóctel de hirudina, calina y anestésico local que la sanguijuela inyecta para que la herida no se cierre. Los cirujanos de la Ilustración usaban ese truco para rebajar la «plethora» de humores y curar desde jaquecas hasta melancolía. En 1880 París importó 42 millones de ejemplares; en 2024 un frasco de lepirudina —la versión recombinante— cuesta 1.200 euros y evita la amputación en una cirugía de cadera.

La biotecnología copió la molécula, la perfeccionó y la devolvió a los quirófanos como desirudina, bivalirudina o hirulog. «No necesita antitrombina III ni se inactiva con proteínas antiheparinas», resume la Sociedad Española de Farmacología. Traducción: funciona cuando la heparina falla y salva extremidades en tiempos de trombosis pandémica.

Un parque nacional que se convierte en banco de sangre

Un parque nacional que se convierte en banco de sangre

Cabañeros, el último refugio de la especie, acumula 408 km² de roquedos, arroyos y rañas que se inundan en primavera. El agua no llega al tobillo en verano, pero basta para que la sanguijuela complete su ciclo: huevos en sacos gelatinosos, larvas que se adhieren a ranas y adultos que esperan pacientes a 48 horas de ayuno para clavarse en el primer mamífero que pase.

Bermejo grabó el video a 15 centímetros de distancia. El animal midió 12 cm extendido, el doble que la media europea. «Se veía robusto, bien alimentado», explica. El banco de ADN de la Universidad de Castilla-La Mancha ya trabaja en la secuenciación para descartar hibridación con Hirudo verbana, la especie italiana que los turistas sueltan en los ríos tras comprarlas en mercados de «medicina natural».

El negocio que regresa con patente

En la granja de Leeches Belgium NV crían 60.000 ejemplares al año en estanques climatizados. Venden a 7,5 euros la unidad, esterilizadas y certificadas para cirugía plástica. «La demanda creció un 30 % tras la pandemia», dice su director. Los cirujanos las usan para drenar hematomas en colgajos de piel; los dermatólogos, para tratar la psoriasis. La FDA las aprobó en 2004 y la Agencia Española de Medicamentos estudia su reintroducción hospitalaria en 2025.

El hallazgo de Ciudad Real no es solo una anécdota naturalista: es la prueba de que el ciclo puede cerrarse sin granjas. Si la población silvestre se consolida, la sanguijuela podría volver a ser un recurso endémico y no un producto importado de Budapest.

Entretanto, Bermejo sigue revisando charcas. «La próxima semana vuelvo con waders y luz lateral», avisa. La especie que salvó a Luis XIV de una apoplejía —según la corte— y que ahora salva piernas en la UCI del Ramón y Cajal aguarda, hambrienta, en el mismo parque donde los buitres negros la observan desde el cielo. El milagro no es que haya sobrevivido; es que haya vuelto a casa.