Netanyahu blinda el santo sepulcro y luego da marcha atrás: la apología que irrite a medio mundo

Domingo de Ramos en Jerusalén, y el cardenal Pierbattista Pizzaballa se quedó a las puertas de la iglesia donde los cristianos creen que resucitó Jesús. La Policía israelí, con una orden gubernamental bajo el brazo, cerró el paso al patriarca latino. Horas después, Benjamin Netanyahu anunciaba que había dado «instrucciones» para que el prelado entrara «con plena libertad». Entre medias, un gesto que rompe siglos de costumbres y enciende la mecha diplomática.

El veto que nadie recuerda

El Santo Sepulcro no es solo un lugar de culto; es un termómetro de la convivencia en la Ciudad Vieja. Que el máximo representante católico en Tierra Santa fuera impedido para presidir la misa de entrada a Semana Santa no tiene precedente en la memoria reciente del Patriarcado. Las autoridades israelíes esgrimieron el ataque iraní de la pasada semana: misiles sobre sitios sagrados, nervios a flor de piel, y un operativo de seguridad que afectó a fieles de todas las confesiones. Poco consuelo para los cristianos que, desde el mediodía, veían cómo se les esfumaba la procesión.

La reacción española fue tan inmediata como contundente. José Manuel Albares convocó a la encargada de negocios de la Embajada israelí en Madrid y le transmitió el «firme rechazo» del Gobierno. «No puede repetirse», advirtió, mientras Pedro Sánchez escribía en X que impedir la liturgia era un «ataque injustificado a la libertad religiosa». La presión llegó desde Bruselas y desde los pasillos de la ONU, donde Israel ya acumula expedientes sobre el acceso a los lugares santos.

El argumento que no convence

El argumento que no convence

Netanyahu insistió: la Policía actuó «correctamente». Según su versión, se pidió al cardenal que evitara la celebración por su propia seguridad. Cuando se enteró del revuelo, ordenó la apertura. El problema es que el daño estaba hecho: imágenes de fieles congregados fueras de la basílica, el patriarca abriéndose paso entre agentes, y un vacío simbólico que se extendió por las calles empedradas. La excusa del miedo no coló en el Vaticano, que ve en Jerusalén un barómetro de su influencia en Oriente Medio.

Lo que nadie cuenta es que el veto se produjo justo cuando el Vaticano ultima un acuerdo con Jordania y Palestina para reforzar el statu quo en los lugares santos. Un triángulo diplomático que a Israel le incomoda: controla la ciudad, pero no la narrativa. Ceder ahora significa admitir que la seguridad no puede doblegar la fe. Y en el tablero de ajedrez de Jerusalén, cualquier concesión se paga cara.

Jerusalén, ciudad de vallas

Jerusalén, ciudad de vallas

El episodio recuerda que la capital eterna lleva décanas convertida en fortaleza: cámaras por cada piedra, controles biométricos en las puertas, y un ejército que decide quién reza y dónde. Para los cristianos locales, la restricción supone un aviso: su presencia depende de un carné de fidelidad que puede caducar en cualquier operativo. Para Israel, un dilema: blindar la ciudad sin convertirla en una prisión de creencias.

La cifra habla por sí sola: el 60 % de los peregrinos que visitan Tierra Santa lo hacen en Semana Santa. Cada fiel que se queda fuera es un ingreso menos para los guías cristianos, para los hoteles de la Puerta de Jaffa, para los comerciantes de incienso que viven de la liturgia. El turismo religioso mueve 5.000 millones de dólares al año en la región; un capítulo como el del domingo enciende las alarmas de la Cámara de Comercio palestina, que ya advierte de cancelaciones masivas.

La solución de Netanyahu —abrir después de cerrar— no cierra la herida. El cardenal Pizzaballa pudo entrar, sí, pero con la liturgia ya rota y la pregunta flotando: ¿la próxima vez será la seguridad o la política la que decida quién celebra la Eucaristía? Mientras tanto, en los muros de la ciudad vieja, los cánticos de Ramos se mezclan con los gritos de los vendedores de kefías y con el ruido sordo de los escudos antimotín. Jerusalén vuelve a demostrar que aquí la fe no se improvisa: se negocia, se teme y, a veces, se cancela.