Pajares abraza al hijo de zarzo y rompe en la misa por esteso: 'hablé con él una semana antes'
La voz de Andrés Pajares se quebró en el mismo lugar donde solía reír con Fernando Esteso. Fue en la capilla de la Congregación Virgen de la Novena, patrona de las artes escénicas, donde el pasado sábado se reunió el gremio para despedir al cómico que murió en Valencia el 1 de febrero por una insuficiencia respiratoria que nadie vio venir.
El actor llegó escoltado por su mujer, Juana Gil, que avanza con muletas desde que la cadera la traicionó. Ella observaba cada gesto de su marido, que a sus 78 años camina más lento pero que, cuando vio al hijo de Manolo Zarzo, aceleró el paso para fundirse en un abrazo que duró lo que un «te quiero» silencioso. Dos generaciones de cómicos que se sostienen porque el tiempo les juega en contra.
La última llamada que no sospechó despedida
«Había hablado con él una semana antes. No lo imaginaba». La frave salió entre tartamudos y sollozos contenidos. Pajares se agarró al bastón como quien se agarra al recuerdo: «Fue mi hermano de escenario durante cuarenta años». Detrás de él, Pepe Carabias asentía con la cabeza gacha. Todos habían compartido cartel en los años del destape, cuando Esteso convertía cualquier guion en oro de taquilla y los teatros se llenaban de risas que hoy suenan a naftalina.
La misa fue corta, casi discreta. El párroco mencionó solo dos veces su nombre, pero cada parroquiano llevaba una anécdota en la cartera: el chiste que improvisó en Valladolid cuando se le rompió el tirante, la noche que se bebió el chupito de ginebra que le servían en escena o la vez que regañó a un técnico por apagar la luz antes de que el público parara de aplaudir.

El club de los que ya no suben al escenario
Juana Gil se sentó en la primera fila. Sus muletas descansaron contra el banco como dos exclamaciones que advierten que la vejez también acecha a quienes hicieron reír a medio país. Cuando el coro entonó el 'Salve', ella se agarró la mano de su marido: la misma que Pajares usó para imitar a Franco, para hacer el pino sobre una mesa de comedor o para abofetear al teniente Coronel de 'La escopeta nacional'.
A la salida, el hijo de Zarzo le dio un papel doblado. Dentro llevaba una foto en blanco y negro: Esteso y Pajares con peluca y gafas de pasta, firmada por ambos en 1978. «Para que no olvide que fue él quien me enseñó a hacer reír sin pedir permiso», susurro. Pajares guardó la imagen en el bolsillo interno de la chaqueta, justo encima del corazón que late más deprisa cuando el recuerdo pica.
La capilla se vació en diez minutos. Quedaron solo las flores y un programa de mano doblado. En la puerta, un grupo de jóvenes actores esperaba para sacarse la foto con el mito. Pajares les dijo que no, que hoy no. Camino del coche, se volvió una última vez hacia la cruz de la fachada y alzó la mano, como quien saluda a un camarada que se queda de guardia para siempre. La comedia española perdió otro de sus gigantes; la calle Mayor, otro de sus fantas que ya no regresa.