Pakistán se coloca entre dos fuegos y ofrece mesa de diálogo entre irán y ee.uu.

Islamabad se mete en la línea de fuego. El viceprimer ministro paquistaní, Ishaq Dar, ha anunciado este domingo que su país acogerá «en los próximos días» un encuentro entre representantes de Estados Unidos e Irán para intentar desactivar el conflicto que estalló el 28 de febrero con bombardeos conjuntos de Washington y Tel Aviv y que Teherán respondió con misiles, drones y el cierre del paso petrolero por el estrecho de Ormuz.

La jugada china que hay detrás del gesto paquistaní

La declaración de Dar no es un acto de generosidad geopolítica. Detrás hay un respaldo explícito de Pekín. El ministro de Exteriores chino, Wang Yi, ya ha transmitido su «apoyo total» a la iniciativa. China no quiere un Golfo en llamas: el 40 % de su petróleo pasa por Ormuz. Para Islamabad, mediar es también una forma de saldar favores: el puerto de Gwadar, joya de la corona de la Belt and Road Initiative, solo funciona porque Pekín lo financia.

La reunión, según fuentes diplomáticas consultadas por NuoveFrontiere, se producirá en la periferia de la capital, en un complejo militar que ya albergó las conversaciones secretas entre Talibán y EE.UU. en 2019. La lista de invitados, de momento, se reduce a los equipos técnicos de ambas potencias: ningún canciller de primer nivel confirmado. El objetivo es bajar la temperatura antes de que el Grupo de Acción Financiera (GAFI) reúna a sus ministros en París el 15 de abril, con Irán ya al borde de la lista negra.

El petróleo como rehén y el reloj que corre en viena

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Mientras tanto, el barril de Brent ya cotiza por encima de los 97 dólares. El cierre de Ormuz no es total: los iraníes dejan pasar un tercio del crudo habitual, suficiente para evitar el colapso absoluto, pero la incertidumbre encarece cada cargamento. La Agencia Internacional de Energía calcula que si el estrecho se bloquea del todo, Europa perdería 1,4 millones de barriles diarios en 72 horas. El IEA ha activado por primera vez su plan de emergencia desde la invasión de Kuwait en 1990.

En Viena, los técnicos del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) advierten de que Irán ya ha enriquecido uranio al 84 %, a dos puntos del umbral técnico para una bomba. El reloj nuclear corre más rápido que el diplomático. Y aquí entra el papel de Pakistán: con arsenal atómico propio y frontera terrestre de 959 km con Irán, Islamabad sabe que un conflicto regional podría convertirse en un problema doméstico.

El ministro Dar ya ha hablado también con el secretario general de la ONU, António Guterres, y con los cancilleres de Arabia Saudí, Turquía y Egipto, reunidos este fin de semana en la capital paquistaní. Todos han firmado un comunicado conjunto que pide «cese inmediato de hostilidades» y «canal diplomático exclusivo». El texto, de cuatro páginas, ni menciona a Israel ni condena explícitamente a Irán: un equilibrio que solo Pakistán, con su doble juego histórico entre suníes y chiíes, puede sostener sin romperse.

La primera prueba de fuego será este martes, cuando el enviado especial de la Casa Blanca para Irán, Steve Witkoff, aterrice en Islamabad. Su homólogo iraní, Abbas Araghchi, ya está en la ciudad. Ambos coincidirán en la cena de bienvenida ofrecida por el ejército paquistaní. Nadie espera un acuerdo, pero la mera foto conjunta valdría como tabla de salvación para los mercados. Si falla, el siguiente escenario ya tiene nombre: Operación Hormuz Shield, el plan conjunto anglo-francés para desbloquear el estrecho por la fuerza. Y entonces el precio del petróleo no se medirá en dólares, sino en vidas.