Perú estalla en debate: fujimori y 'porky' se atracan mientras el 90% del país los rechaza

Keiko Fujimori extendió la mano, Rafael López Aliaga la mordió. El trato de no agresión duró menos de un minuto y dejó al descubierto la grieta que atraviesa a la derecha peruana y, con ella, a todo el país. Con 13% y 11% de intención de voto, los dos favoritos se convirtieron en el blanco de una sala que los odia por igual.

El pacto roto que nadie perdonó

«No he venido a pelear con usted, los enemigos están allá», dijo Fujimori señalando al resto de candidatos. La frase sonó a carta de rendición anticipada: ella necesita que López Aliaga respire para asegurarse una segunda vuelta. Pero el exalcalde de Lima, apodado 'Porky' por su estilo bulldozer, devolvió el guante: «Usted tuvo mayoría absoluta en el Congreso y dejó la porquería que tenemos». En otras palabras: no solo no te salvo, te hundo antes si puedo.

El contrataque fue letal porque apunta al núcleo del fujimorismo: la promesa eterna de que «esta vez sí gobernará distinto». El 90% del país, según Marisol Pérez Tello, no le cree. La exministra de centro resumió el sentimiento: «El 90% no la quiere. Aprenda a perder». La cifra habla por sí sola: tres segundas vueltas consecutivas perdidas y un techo de vidrio que ni la sombra de su padre logra romper.

Odebrecht, el ladrillo que todos se lanzan

Odebrecht, el ladrillo que todos se lanzan

Fujimori acusó a López Aliaga de ser «peón» de la constructora brasileña. Él le devolvió el golpe recordando los 3.000 millones de dólares que, según él, la lideresa de Fuerza Popular «regaló» en el caso Odebrecht. La pelea se convirtió en un ping-pong de facturas y denuncias que, paradójicamente, los emparenta: ambos están bajo la lupa por financiamiento oscuro. La única que salió airosa fue Pérez Tello: «Yo no tengo investigaciones abiertas», dijo mientras los otros dos intercambiaban papeluchos de coimas.

Lo que nadie cuenta es que el electorado los castiga por la misma razón que los une: la sospecha de que representan dos caras de la misma moneda corrupta. Un estudio de la Universidad Católica publicado esta semana muestra que el 67% de los peruanos identifica a «la derecha tradicional» —léase Fujimori y López Aliaga— como «parte del problema» que denuncian.

La izquierda que asusta… y tampoco convence

Roberto Sánchez, que defiende al expresidente Pedro Castillo desde un sombrero de campesino de Cajamarca, prometió liberar al exmandatario y «democratizar la riqueza». La promesa le valió el cuarto lugar con 6,1%, lejos del 32% que Castillo logró en 2021. El temor al «caos castillista» sigue vivo: Keiko lo llamó «supaypa wawa» (hijo del diablo en quechua) y Mesías Guevara le gritó: «¡Nunca más un 5 de abril!» En Perú, la memoria corta no existe: autogolpes y nacionalizaciones suenan a la misma pesadilla con distinto disfraz.

El resultado es un país que odia a todos. El debate reunió a 35 candidatos y aún así no aparece un líder que supere el 15%. La polarización ya no es izquierda-derecha; es «todos contra todos». Y en esa guerra de trincheras, la primera víctima es la gobernabilidad: el próximo presidente heredará un Congreso fragmentado, una economía que crecerá solo 2,4% este año y una sociedad que ya perdió la paciencia.

La campaña acaba de empezar y ya huele a final: Perú se encamina a una segunda vuelta entre dos candidatos que, juntos, suman menos del 25% del voto válido. El ganador gobernará gracias al voto útil del miedo, no al entusiasmo. Y ese es, quizás, el único dato que importa: el próximo mandato será de supervivencia, no de transformación.