Punta del este se prepara para un lunes de 25° y vientos que rozan los 41 km/h: el mar revuelto ya anticipa el cambio
Las sombras se alargan sobre la rambla y los termómetros ya marcan 25 °C. A las 11 de la mañana, la bandera amarima ondea en la playa Mansa: hay 55 % de chances de lluvia y el viento sopla a 41 km/h. El cielo, cargado al 66 %, parece un espejo empañado que puede romperse en cualquier momento. El Instituto Uruguayo de Meteorología (Inumet) advierte que el nivel de rayos UV alcanzará hoy el índice 4, suficiente para dejar la primera quemada del año en la piel de los turistas que aún dudan entre toalla y paraguas.
La noche traerá alivio, pero no calma
Caído el sol, la península respira: la probabilidad de precipitación se desploma al 2 %, las nubes se evaporan y el mercurio baja a 19 °C. Pero el viento no da tregua: seguirá soplando a 39 km/h, lo suficiente para que los baldes y palas de los niños terminen rodando hacia el Paseo de los Ingleses. El mar, ya entonces, retumbará como un tambor lejano.
El clima de Punta del Este es una ruleta que gira entre el Río de la Plata y el Atlántico. Esta vecindad genera un microclima templado que suaviza los extremos: en enero, el mes más caluroso, los termómetros rara vez se pasan de 26 °C; en julio, el más frío, las heladas son excepcionales y la mínima se detiene en los 8 °C. Pero esa aparente dulzora es engañosa: las ráfagas pueden convertir un día de verano en un asalto de arena y sal.

El país tiene dos estaciones de lluvias y un récord que duele
Uruguay entero vive bajo un doble régimen de precipitaciones: una punta en primavera-verano y otra en otoño. La media anual se estaciona en 17 °C, pero hay un abismo entre el norte cálido (Artigas, Salto, Rivera) y el sureste frescón donde se ubica Punta del Este. La diferencia de apenas dos grados se siente en el bolsillo: los departamentos del litoral facturan hasta 25 heladas por mes cuando la bruma pampera se instala.
El 15 de enero de 2022, Florida registró 44 °C, empatando la marca de 1943. Siete meses después, Mercedes tocó fondo con -7,6 °C. Entre esos dos extremos se juega la vida de los cultivos y el ánimo de una población que ya mira el horizonte con la sospecha de que, para 2100, el termómetro podría subir otros tres grados y las lluvias intensificarse. El cambio climático no llama a la puerta: ya entró por la ventana y se sentó a la mesa.
Mientras tanto, en la península, los vendedores de sombrillas ajustan las cuerdas de las carpas y los boliches revisan los toldos. El pronóstico anuncia un lunes inestable, pero la economía local sabe que un día nublado puede ser tan rentable como uno soleado: basta con que el turista se refugie en un restaurante de la calle 20 y deje escapar un par de tarjetas antes de que el cielo vuelva a abrirse.