El autismo argentino sale de la sombra y exige sus números al estado
A las 10 de la mañana la puerta de la Facultad de Derecho ya parecía la entrada de un colegio electoral: familias con carteles, chicos con auriculares azules, voluntarios repartiendo folletos. Pero nadamás lejos. Allí, en el corazón jurídico de la UBA, comenzó la Semana Azul y, con ella, la cuenta regresiva para que el Gobierno argentino diga, por fin, cuántas personas tienen autismo en el país. La cifra oficial sigue siendo un agujero negro: solo existen 148.710 certificados de discapacidad por TEA, una fracción que ni siquiera alcanza para planificar una sola escuela inclusiva en cada provincia.
El documento que nadamás firmará
La asociación civil TEActiva reunió a más de cincuenta ONG y, en un acto tan breve como inédito, entregarán al Estado un petitorio que parece obvio: necesitamos los datos. Sin ellos, advierten, cada terapista improvisa su propio protocolo, cada escuela inventa su aula de apoyo y cada familia paga de su bolsillo lo que la ley prometió cubrir. El psiquiatra infanto-juvenil Christian Plebst, que atiende en el Garrahan, resume la urgencia con una metáfora demoledora: “El autismo ya es una pandemia silenciosa; si no la medimos, seguiremos aplicando vacunas contra la viruela.”
El azul no es casual. Iluminó el Obelisco el viernes y esta madrugada ya se replica en edificios de Rosario, Mendoza y hasta en el faro de Ushuaia. El color elegido por las familias evoca el mar en calma y en tormenta: días buenos y días malos, oleajes de estímulos que desarman a los chicos y marean a los adultos. La madre de Thiago, un nene de 8 años que repite sin parar las líneas del subte, confiesa que vino “a ver si alguien le explica al ministro que mi hijo no es un número, pero sin número no existe en la órbita de los derechos”.

Uno de cada 31: la estadística que espanta
El dato que circula entre los especialistas es más feroz que cualquier slogan: en las últimas dos décadas los diagnósticos crecieron un 400 %. Aun así, la mayoría no figura en ningún registro porque el sistema de certificación sigue pensado para discapacidades visibles. “Nos hicieron sentir ilegítimos”, se queja Lucía Montes, de la Fundación Beff Blue Elephant. Su hijo recibió el diagnóstico a los tres años y el certificado a los seis, después de presentar veinte informes psicopedagógicos y una pericia que costó más que un auto usado.
Mientras tanto, el Estado gasta millones en campanas de “concientización” que nadie pidió. La Semana Azul, al menos, apunta a la otra orilla: que las escuelas incluyan, que los clubes deportivos abran sus puertas, que los empleadores entiendan que un programador con TEA puede ser más preciso que tres sin él. Por eso hoy también se firmó un acuerdo con Respirar Comunidad para que los gimnasios porteños capaciten a sus entrenadores. El objetivo no es la caridad; es la cuenta de resultados: por cada peso que se invierte en inclusión temprana, el sistema ahorra siete en asistencia adulta.

La promesa que viene en camino
A las 11:30 apareció Jorge Macri, jefe de Gobierno, y la expectancia se cortó con cuchillo. Prometió una mesa técnica en diez días y un censo piloto antes de fin de año. Las mamás lo aplaudieron con cautela; ya escucharon lo mismo en 2019, 2021 y 2022. La diferencia, admiten, es que ahora tienen un pie adentro del edificio de la UBA y otro en los timelines de medio país. La campaña en redes ya suma 4 millones de impresiones y el hashtag #AutismoConCifras trepó al tercer puesto de tendencias sin pagar un solo peso en pauta.
Cuando el acto terminó, las familias no se fueron a comer un chori ni a sacarse la selfie de rigor. Se quedaron en los pasillos intercambiando nombres de terapeutas, comparando trámites y pactando la próxima movilización frente al Ministerio de Salud. Alguien distribuyó una planilla para anotar los colegios que aún rechazan matrículas. A las 14:30 un grupo ya marchaba hacia la avenida 9 de Julio con una pancarta que rezaba: “Sin datos no hay derecho”. La frase resume la bronca y la esperanza: la argentina que mañana discuta autismo con números reales habrá empezado a nacer hoy, entre los sillones de cuero de una facultad que parecía ajena a la calle.
