Santa fe: un chico de 15 años dispara en la escuela y la comunidad se pregunta por qué

Una mañana cualquiera en el colegio Nº 49 de San Cristóbal, Santa Fe. Las mochilas caen al hombro, los chistes vuelan en el patio y, de golpe, cuatro estruendos que no deberían existir dentro de un aula. Lucas B., 15 años, apretó el gatillo. Un compañero de 13 quedó tendido en el piso. Otro lleva perdigones alojados en la espalda. La pregunta que todos repiten —y nadie logra responder— es la misma: ¿por qué?

El arma salió del placard de papá

Antonella, madre de un alumno que comparte banco con el atacante, lo dice sin vueltas: «El chico iba con su papá a cazar desde los diez años. El arma no era de guerra: era una escopeta de perdigones, la misma que usaban para tirarle a las palomas». En la escuela nadie sospechaba. Lucas no era víctima de bullying, no arrastraba expedientes psicológicos, no había amenazas en redes. «Se llevaba bien con todos», repite Antonella mientras cuenta cómo su hijo Lorenzo le contestó, por fin, al décimo llamado: «Mamá, es un caos, pero estoy bien». El alivio duró lo que tarda un mensaje de voz: después vino la certeza de que la normalidad se rompió para siempre.

La escopeta —un calibre 16 viejo, de caño corto— ingresó al colegio dentro de un bolso deportivo. El padre la guardaba sin llave. «Una costumbre de pueblo», murmura una maestra que prefiere el anonimato. La costumbre se volvió tragedia en menos de treinta segundos: Lucas subió al primer piso, sacó el arma, disparó al aire y luego bajó la mira. No eligió blanco. Apuntó a quien tuviera delante.

La víctima llegaba tarde y entró por la puerta equivocada

La víctima llegaba tarde y entró por la puerta equivocada

El disparo mortal alcanzó a Tomás U., 13 años, alumno de primer año. Venía corriendo porque se le había pasado el despertador. Entró por el acceso lateral, justo cuando Lucas cruzaba el pasillo. Un perdigón le dio en el tórax. Murió antes de que llegara la ambulancia. Su madre, empleada municipal, había firmado la libreta de calificaciones la noche anterior. «Se puso contento porque le había ido bien en Lengua», contó un tío. Ahora la libreta quedó abierta en la página de las ausencias y nadie se anima a cerrarla.

El segundo herido —una nena de 12— fue operada anoche. Los médicos del Hospital Alassia lograron extraerle tres perdigones del bazo. Está estable, pero la comunidad ya habla de «milagro» con voz baja, como si la palabra pudiera romper el hechizo de la desgracia.

Silencio en whatsapp y pánico en el patio

Silencio en whatsapp y pánico en el patio

Las filmaciones que circulan muestran un tumulto de mochilas revueltas y zapatillas que resbalan. «Se atropellaban para salir», dice Antonella. En el grupo de WhatsApp de padres alguien escribió: «¿Alguien tiene a mi hijo?». El mensaje fue seguido por veintiocho llamadas perdidas. La directora, Marta Ibarra, no quiso dar declaraciones: se la vio llorando en la puerta mientras los peritos levantaban los casquetes. El ministerio de Seguridad confirmó que el arma estaba anotada a nombre del padre y que contaba con registro de tenencia. «Legal, pero no segura», resumió un investigador.

Las clases quedaron suspendidas «hasta nuevo aviso». Los doceses se reunirán con psicólogos esta tarde. Los chicos, en cambio, se juntan por su cuenta en la plaza Mitre. Llevan flores improvisadas —algunos papelitos de colores, una cinta de regalo atada a un palo— y se preguntan si volverán a entrar al aula sin mirar bajo los bancos.

El dato que nadie quiere mirar

Santa Fe encabeza el ranking de armas de fuego por habitante en Argentina: hay 1,5 arma cada diez personas, según el Registro Nacional. La mitad son escopetas de caza. «No necesitamos más leyes, necesitamos cerrar los armarios», sentenció la psicóloga forense Valeria Gutiérrez. En 2023 hubo tres casos similares en el país: en Rosario, en Córdoba y en Tucumán. Ninguno terminó en muerte. Este sí.

Lucas quedó detenido en un instituto de menores. La fiscalía lo imputará por homicidio agravado y tentativa. La pena máxima: 15 años, porque tiene 15. «No alcanza», susurra la madre de Tomás mientras cierra la puerta de casa. Dentro, el mate está servido y nadie se anima a tomarlo.

La escuela Nº 49 abrirá sus puertas el lunes, pero sin campana. Los directivos hablarán de «protocolo» y de «contención». Los alumnos, cuando regresen, pasarán por el detector de metales que compró la municipalidad anoche. El detector no pregunta por qué. Esa pregunta quedó flotando en el patio, entre los perdigones que nadie logra recoger del todo.