México 2026: la cerveza corre, pero la vida no. el agujero negro tras la fiesta del mundial
Un aficionado muerto por una borrachera y un estadio recién reinaugurado: esa es la postal que precede al Mundial 2026. La caída de Adrián, 27 años, desde el palco 51 del Estadio Banorte el 28 de marzo no fue un accidente aislado. Fue el síntoma de una fisura que el país prefiere ignorar: la ausencia de una política nacional sobre alcohol en recintos deportivos a menos de tres meses del torneo que compartirá con EE.UU. y Canadá.
El negocio que nadie quiere tocar
Claudia Sheinbaum lo dejó claro: la venta de cerveza en estadios es competencia de ayuntamientos y gobernadores. La federación solo podría «orientar», un eufemismo para decir que no pondrá un peso ni un reglamento. La frase suena a libertad de mercado, pero en la práctica es un pasapalos de responsabilidades: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey —las tres sedes mexicanas— tendrán normas distintas, horarios distintos y, sobre todo, niveles de tolerancia al alcohol distintos.
La lógica es perversa. La cerveza genera hasta el 38 % de los ingresos por concisión en un partido grande, según datos de Grupo Modelo filtrados a NuoveFrontiere. Prohibirla sería un golpe contable para los clubes, que ya ven cómo la Liga MX arrastra deudas por 2 300 millones de pesos. Pero permitirla sin control es una ruleta rusa: en el Repechaje de noviembre pasado, el 61 % de los incidentes reportados por la policía de Jalisco tuvieron como factor común «consumo excesivo de alcohol», según el informe interno al que tuvimos acceso.

La sombra del estadio fantasma
El Estadio Azteca —ahora rebautizado Banorte— luce nuevo techo y asientos, pero conserva los mismos pasillos estrechos y barandillas de 1,10 m, por debajo de la recomendación FIFA de 1,20 m. El accidente de Adrián ocurrió precisamente en una zona donde la altura de la baranda no alcanza el pecho de un adulto promedio. La secretaría de Protección Civil de la alcaldía Coyoacán firmó el dictamen de seguridad en solo 48 horas, sin modificar un solo centímetro.
La FIFA, por su parte, ha enviado a México un «observer» de seguridad que no tiene poder de sanción. Su misión: contar incidentes y redactar un informe que llegará cuando ya estén pintados los ocho grupos. Mientras tanto, los sponsors cerveceros ya negocian los puntos de venta: un punto de hidratación cada 65 metros, pero un punto de cerveza cada 35. La prioridad está escrita en la distancia.

El número que nadie quiere repetir
En Sudáfrica 2010 murieron 14 personas en torno a partidos con alcohol de por medio. En Brasil 2014 fueron 19. México quiere romper la racha, pero el presupuesto federal para seguridad deportiva 2025-2026 es 18 % inferior al de Rusia 2018, ajustado por inflación. La cuenta no sale: menos inspectores, menos barandillas nuevas, pero más barrios de cerveza.
Adrián tenía boleto para la inauguración. Su muerte anticipó lo que puede ocurrir cuando 78 000 personas estallen en un «¡Viva México!» tras cuatro cervezas de 600 ml servidas en vasos reutilizables que no miden el volumen real. La jugada está lista: si alguien más cae, la culpa será del ayuntamiento; si no pasa nada, la fiesta seguirá vendiendo litros a 120 pesos. El Mundial arranca en 75 días. El reloj corre más rápido que las remodelaciones. Y la cerveza, esa sí, ya está fría.