Uruguay frena al dólar: 40,56 pesos y la promesa de estabilidad que llega tarde

El dólar cerró ayer en 40,56 pesos uruguayos, apenas cinco centavos menos que el día anterior. La cifra parece un chiste de mal gusto para quienes esperaban una tormenta cambiaria: en siete días el billete verde subió solo un 0,98 % y en doce meses apenas un 0,6 %. El mercado respira, pero nadie festeja. La pregunta que carcome a importadores y exportadores es si esta calma es el ojo del huracán o la nueva normalidad que el Banco Central uruguayo (BCU) se empeña en vender.

La apuesta de los analistas: 41,46 pesos para 2027

La apuesta de los analistas: 41,46 pesos para 2027

El BCU publicó su sondeo de expectativas y el mensaje es claro: el dólar no se disparará. Para enero de 2026 esperan 38,98 pesos; para junio, 39,33; y para diciembre de ese año, 40,19. El alza se estira hasta 41,46 pesos en diciembre de 2027. La proyección suena a tabla de actuaría: un aumento de menos del 4 % en tres años. La inflación, en cambio, se mantendrá pegada al 4,5 % meta. Resultado: el tipo de real cambiará apenas y el salario real, si la negociación paritaria falla, podría perder terreno.

La historia recuerda que Uruguay ya vivió esta película. En 2002, tras la crisis bancaria que sacudió a Brasil y Argentina, el peso se desplomó 70 % en meses. La flotación libre —que aún rige— fue la chapa de salvación. Dos décadas después, la volatilidad anual se derrumbó al 14 % y la moneda se volvió un ancla de estabilidad regional. Pero hay un detalle que los modelos no capturan: la economía crece solo un 1,87 % en 2026, menos de la mitad del ritmo que marcaba el mercado hace un año. Cuando el PIB camina a paso de tortuga, cualquier sacudida externa —sequía, guerra comercial, fuga de capitales— puede convertir al dólar en válvula de escape.

La clave está en el Banco Central. Desde 2020 acumula reservas por 17.000 millones de dólares, el 25 % del PIB. Ese colchón permite intervenir sin pánico, pero también encarece el peso y castiga al agro, que factura en dólares y paga costos en pesos. El ministro de Economía, Azucena Arbeleche, lo resume en privado: «Nos preocupa más la competitividad que el tipo de cambio». La frase es un guiño a la industria y un aviso a los exportadores: no esperen un peso más barato.

Mientras tanto, la city porteña de Montevideo opera con spreads de apenas dos centavos entre compra y venta. Los bancos —entre ellos, el ex Banco de Crédito que ahora es parte de Scotiabank— prefieren volcar el exceso de pesos a Lebac locales que apostar a un salto del dólar. La razón es tozuda: la tasa de interés real positiva —4 % por encima de la inflación— convierte al peso en un activo, no en un problema. Lo que nadie cuenta es que esa misma tasa frena inversiones y encarece el crédico a pymes que ya agonizan por la baja demanda.

El cierre de ayer, entonces, no es solo un número. Es la foto de un país que eligió la estabilidad a cualquier precio. La apuesta funciona mientras el mundo no se vuelva loco. Si la tormenta llega, Uruguay tiene munición para defender su moneda. Pero si la calma se eterniza, el precio podría ser más desigualdad y menos empleo. La otra cara del 40,56 pesos es esa: un tipo de cambio que se quedó quieto mientras la vida siguió subiendo.