La fuente que cura: peregrinos desvían el camino para tocar agua milagrosa en cee
A tres días de la Ascensión, la parroquia de Pereiriña ya huele a cera derretida y a laurel. Cientos de zuecos aprietan el barro del monte Lobelos: la romería de la Fuente Milagrosa empieza antes de que el padre encienda el incensario. Aquí no se trata de fe turística; se trata de urgencia. Alguien lleva un bebé con dermatitis, una mujer oculta bajo el pañuelo un tumor que «no aguanta más quimio» y un japonés que viene desde Osaka solo para llenar un petate de agua que, cuenta, «curó a mi abuela en 1963».
El agua que desvía el final del mundo
El Camino de Santiago termina en la catedral, pero el Camino a Fisterra empieza donde la gente cree que la tierra se acaba. Y antes de llegar al faro donde queman los botines, la brújula se inclina hacia Cee. La capilla de San Pedro Mártir, levantada en 1547 con sillares que aún guardan huellas de herramientas romanas, no figura en las guías oficiales. No importa: los peregrinos la encuentran igual que los marineros encontraban la Costa da Morte: a golpe de rumor.
El padroado –la cofradía que custodia la fuente– lleva un registro que asusta: 14.700 firmas en 2023, un 38 % más que antes de la pandemia. «La gente ya no pide solo salud; pide certezas», dice el mayordomo, Xurxo Pousa, mientras enseña la libreta donde anota «cáncer de mama, 42 años, operación en octubre» o «niño autista, habla tras beber». Ningún médico firma, pero la lista crece.

La romería que mueve 300.000 euros en un fin de semana
El domingo de la Ascensión, Cee duplica su población. Los bares improvisan mesas en la calle, las panaderías trabajan desde las tres de la madrugana y la gasolinera reparte 1.200 litros de gasoil extra a furgonetas de procesión. El impacto económico lo calcula la propia alcaldesa, Pilar Martín: «Más de 300.000 euros en ventas directas, sin contar reservas de apartamentos que ya se han agotado hasta julio». Lo que empezó como trueque de gallinas por favores divinos se ha convertido en un ecosistema de renta básica rural.
Pero hay un precio. El manantial original baja caudal cada año. La confederación hidrográfica instaló un medidor: en 2010 brotaban 3,2 litros por minuto; en 2024 apenas 1,7. «Si la sequía sigue, dentro de diez años tendremos que traer el agua en cisterna», advierte Pousa. La ironía duele: la fuente que cura enfermedades no logra curar su propia sed.

La última cura está en el relato
Cierro la libreta cuando llega María Solleiro, 78 años, con la mano dereña vendada. Se quita la gasa y muestra una herida que parece cicatrizar al aire. «Me corté con la hoz ayer; vine a lavarme porque mi madre me trajo aquí cuando era niña y sé que funciona». No hay ciencia que lo avale, pero tampoco hay mentira en sus ojos. La fuente no cobra entrada, no vende souvenirs, no pide QR. Solo pide que cuentes la historia. Y eso es lo que más escasea: alguien que escuche.
Al atardecer, cuando la capilla se queda en sombra y los últimos coches arrancan con botellas llenas, el mayordomo cierra la verja con un candado oxidado. «Mañana volverán», dice. «Siempre vuelven. El agua se acaba, pero la necesidad no». Camino de vuelta, el faro de Fisterra parpadea al fondo como un ojo cansado. La Costa da Morte sigue cobrándose vidas, pero en Cee al menos una gota sigue devolviéndolas.